La marca más antigua de Bodegas Palacio, Glorioso, apoyó de forma muy efectiva la cultura de la sumillería en el XXX Salón de Gourmets recientemente celebrado en Madrid.
Dos grandes embajadores del vino fueron los principales actores en una master class muy especial. Se encargaron de transmitir la esencia de la Rioja Alavesa a través de un recorrido realmente espectacular a través de diferentes añadas de Glorioso. Hablamos de Roberto Rodríguez, enólogo de la mencionada bodega, y Custodio López Zamarra, excelente comunicador de las bondades del vino y mítico sumiller del Zalacaín madrileño.
Todo un ejemplo la de esta cata dirigida a grandes sumilleres. El tono usado, el apoyo visual con unas fotos impactantes del gran enólogo riojano, el lenguaje usado por el maestro Custodio. Y por supuesto los vinos catados.
Un Glorioso Reserva 2012, un Gran Reserva 2008 y un venerable y en perfecto estado Gran Reserva 1978.
Hagamos un pequeño resumen de sensaciones, de muy buenas sensaciones por cierto.
Roberto Rodríguez. Un enólogo que sus primeros pasos como él mismo recordaba, fueron en una bodega. Lleva el vino en sus genes. Formado con los mejores de aquí y de más allá de nuestras fronteras y con un amor a su tierra que se transmite en sus creaciones. Y qué decir de Custodio. Una de las personas de este país que más ha hecho por el vino y dotado de una capacidad de comunicación accesible, llana, que crea adeptos allá donde va.
Catamos vinos que respetan la fruta. De un ‘clasicismo contemporáneo’ como dijo Custodio. Vinos elegantes, de una complejidad fácil de entender. La madera de calidad, presente pero sin avasallar. Vinos ambos para disfrutar sin apriorismos. Roberto hace que todo parezca fácil, lo cual se agradece en el mundo que rodea al vino actualmente en nuestro país. Custodio insistió a los sumilleres en que el tan manido ‘maridaje’ es algo muy subjetivo. No hay que encorsetar al vino. Hay que hacerlo más libre para que el consumidor potencial vuelva o se inicie en el maravilloso mundo del vino. Hay que explicarlo con adjetivos fáciles, muy simples y cercanos.
Y un comentario aparte sobre ese venerable del 1978. Sentimientos a flor de piel. Un vino que acariciaba. Sutil. De trago largo. Con una graduación que prácticamente no se usa .12,5. De una dulzura muy equilibrada como dijo Roberto. Un clasicismo riojano puro como apuntó Custodio. Intensidad, pureza, tradicionalismo.
En definitiva, el tiempo transcurrió demasiado rápido. Fue una lección fantástica por parte de dos inmensos profesionales en muchos sentidos. Y el hacedor de los vinos de Glorioso, Roberto Rodríguez, demostró que no hay que complicar las cosas gratuitamente. Hay que hacer que la gente sea feliz tomando un vino. No complicarle ese bello momento…

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