Un local pequeño en tamaño, inmenso en ilusiones. Ilusiones por cocinar con el corazón, por servir con el alma y por compartir vinos con personas, con paisajes, con historias que contar detrás. 

Y anoche se fusionaron cocina y vino amigablemente, como debe ser. Ayudándose en un único objetivo. Hacer disfrutar al comensal. Hacerle sentir, conseguir emocionarle. Dentro de las catas-cenas mensuales del primer jueves de cada mes, esta vez fueron algunos de los vinos del viñador Rafa Bernabé  los que visitaron Raïm. Un alquimista, un hombre de campo que con la escuela del día a día en medio de los viñedos, con sus viajes en busca del santo Grial del vino,  ha conseguido hacer tanto en Villena como en La Mata, cerca de Torrevieja, vinos con alma, despojados de cualquier artificio enmascarados. 

Musikanto, El Carro, Tragolargo y Beryna  fueron los vinos. 

Escalibada, crema de pochas con mejillones, carrilleras con mostaza  y hierbabuena, Arnadí. Y estas las viandas. 


Vinos que como decíamos, acariciaban los platos llevándoselos a terrenos donde primaba el placer, ‘simplemente’. Y a fin de cuentas, ese no debía ser el objetivo siempre?. Disfrutar de comer y beber en buena armonía de sensaciones?. Fue fantástico ver las caras de la gente al probar los vinos antes de cada plato. Como dice el gran Joan Pallarés, hablando del vino con términos que salían de dentro, sin jergas crípticas que han conseguido asustar y ahuyentar  a muchos ‘posibles’  miembros del maravilloso mundo de los amantes del vino. Y fueron desfilando las creaciones de Rafa. El Musikanto y su explosión de frescura. Una garnacha de la que uno no se puede cansar y donde la tinaja de Juan Padilla hace adictivo por chispeante este vino. El Tragolargo, una monastrell  de una juventud y alegría  insultante, ráfagas de levante en plena cara. Beryna, monastrell con su toque de garnacha. Un clásico ya en nuestro país. Sí, como suena. Poderío, fortaleza perfectamente domesticada. ‘Envuelta en seda’ alguien comentó acertadamente. Y El Carro. La Mata, la belleza stendhaliana de la laguna embotellada. Una moscatel de Alejandría  en la que el acero, la madera y los conjuros de Rafa hace que la sonrisa asome al oler el Mediterráneo, al saborearlo. 

Los platos?. Un joven cocinero afortunadamente inconformista que va paso a paso en busca del sabor esencial.  Ernesto Frutos tiene mucho de la filosofía de Rafa. Empírico en busca del sabor, sabor, sabor. Delicadeza y profundidad en los platos. Se puede conseguir que una tradicional escalibada de un ‘pasito’ adelante?. Él lo consigue. Alficoç  y orejones más limón encurtido y almendras fueron los responsables. Las pochas con mejillones con su toque de picante mejicano de chile y limón, otra vez delicadeza sublimada en cada cucharada. Las carrilleras con mostaza antigua  y hierbabuena a baja temperatura y el toque se salsa Perrins y soja… Y un tabulé con hierbabuena que era literalmente el hilo conductor del gran plato. Y por último, el arnadí. Fue obra de Héctor, el propietario, sumiller y alma de Raïm.  Un  fin de fiesta perfecto. La calabaza asada, azúcar, canela, piñones, almendras, limón rallado… Al primer bocado, recuerdos de horno de leña de pueblo. Otra vez, emoción. Esta quizá sea la conclusión. Emoción a raudales compartidas en torno a una larga mesa llena de gente sin otro ánimo que disfrutar de ‘vinos y viandas’ en armonía de sensaciones… 

Olivia… Hace que la sala, el servicio, sea parte vital de la “experiencia Raïm”. Una pequeña inmensa mujer.